4 GENERACIONES DE PANADEROS
Desde 1933
La historia de la Panadería Rebull comienza hacia finales de los años 20 del siglo pasado cuando nuestros bisabuelos se conocieron. Antonia, la bisabuela, nacida en Montagut, fue a pasar unos días a casa de unos parientes en Barcelona y allí conoció a Quimet, nuestro bisabuelo. El bisabuelo trabajaba de panadero en un horno, cerca de la plaza de Sant Jaume. Se casaron y vivieron en Barcelona hasta que en 1933 se enteraron de que una panadería de Olot, con sólo medio año de antigüedad, se traspasaba. Un horno construido con piedra volcánica y grande, con capacidad para dos sacas de harina, que entonces eran de 100 kg… y los panes de 4 kg.
El horno estaba situado en la parte más nueva de Olot. Se habían derribado una buena cantidad de casas de la Calle Mayor de la Vila Vella para hacer lo que se llamaba el enlace de carreteras. Básicamente ensanchar la calle que va de Ca l’Artigas a la plaza del Palau. Se llamaba calle de la Santa Cruz, pero rápidamente pasó a llamarse Onze de Setembre y, casi con la misma celeridad, pasó a ser la avenida José Antònio. Con el tiempo, que todo lo cura, vuelve a ser el Onze de Setembre. El horno estaba en una casa llamada «Can Musiques», que se restauró y se construyó el horno, el mismo que se utiliza ahora.
Al abrir la panadería se encontraron que en la tienda había una imagen de la Virgen de Montserrat que los bisabuelos conservaron y les sirvió para llamar la panadería como «Forn Montserrat». Con este nombre se la conoció hasta bien entrados los años setenta, aunque la imagen de la Virgen fue destruida durante la Guerra Civil, como muchos otros iconos religiosos que había en espacios de acceso público. En cuanto al rótulo de Forn Montserrat tuvo que sacarse con la entrada de los Nacionales y se sustituyó por uno aséptico que sólo decía Panadería. La bisabuela siempre decía que era un rótulo precioso y que debería caerles la cara de vergüenza por haberlo hecho cambiar.
Con la finalización de la guerra, con Antonia viuda, con penas y trabajos, con la ayuda de algún harinaire sin prisas por cobrar, de un mozo, Tòfol, que amaba casi más el oficio que cualquier otra cosa, el horno pudo salir adelante.
El abuelo, nacido en 1932, sin padre desde los seis años y con la madre encargada de la tienda, desde pequeño corría entre sacos de harina, haces de leña, cuevas de pan y palas de hornear. Como mucha gente de aquella época, a ninguna edad tuvo que ponerse a trabajar, aprender el oficio y ponerse al frente con la maestría de Tòfol.
El abuelo echó el horno hacia delante, a menudo con más dificultades de la cuenta por el contexto social. En muchos momentos de la posguerra y hasta los setenta, la harina era casi más cara que el pan. Muchos panaderos tuvieron que agruparse en panificadoras para reducir gastos y poder ir haciendo. Quim, el abuelo, estuvo en la panificadora desde 1966 hasta 1982. A partir de ese año, volvió al lugar de siempre para hacer el pan en el amasador de casa y en el horno de toda la vida. Ahora con la ayuda de Carlos, su hijo, nuestro padre. La abuela Rosa era la encargada de la tienda desde los años setenta, cuando la bisabuela Antonia empezó a ir menos a menudo y se jubiló.
El abuelo estuvo al pie del cañón hasta que se jubiló y más: nunca pasó un día que no fuera a echar una mano hasta que en el 2009 nos dejó. Desde entonces, el padre pasó al frente de la panadería y, desde finales de los años ochenta, la madre, Isabel, al frente de la tienda. Ellos continúan el trabajo que habían empezado los bisabuelos hace casi noventa años con la ayuda, desde el 2018 de la cuarta generación que se incorpora con mucho entusiasmo y ganas de salir adelante.
Aunque el horno es el mismo de hace noventa años, no hace falta decir que las cosas han cambiado mucho. Aquellos panes de cuatro kilos que se llevaban a la gente de payés un par de veces a la semana han pasado a la historia. Se ha pasado de hacer el pan, la torta de pan, los panecillos, y los salchichones para la vuelve a hacer una gran variedad de productos: croissants, magdalenas, diversos tipos de tortas, pan de varios cereales como la espelta, el maíz, de nueces, de aceitunas…
En 2003, un hijo es diagnosticado como celíaco y, en ese momento, se empieza a habilitar un espacio para poder elaborar pan sin gluten para los de casa y cuatro conocidos.
En 2018, la hija también es diagnosticada como celíaca. Es entonces, cuando se decide dar un paso adelante e incorporándose a su hija al negocio familiar, abriendo una nueva línea elaborando pan sin gluten.
En 2020 con la presencia del cóvido, buscamos cómo llegar a todos los clientes y empezamos a vender a diferentes pueblos, es así que creamos también la página web para que se puedan visualizar todos nuestros productos; las dos líneas de mercado que ofrecemos: con gluten y sin gluten.